Madre e hija.

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Mamá despierta. Antes de estirarse la busca, la asea: lame sus orejas, ojos y cara en general. Ya es adulta, pero aún no lo sabe. Se estira. Baja corriendo por su juguete, se lo restriega a mamá en la cara. Mamá no tiene ganas de jugar. Insiste. Mamá no la pela. Insiste. Mamá se esconde en un rincón. Insiste. Mamá cede. Juegan a arrancarse el juguete. Al juguete parece no gustarle el juego. La dinámica dura todo el día. Es noche, mamá luce cansada y necesita un poco de atención. Me busca para que le rasque la espalda. Se la rasco. Nos ve, corre en nuestro encuentro con su juguete en la boca. Nos arrolla. Le pido que nos de espacio. No nos pela. Nos brinca encima y le muerde la oreja a su madre. Mamá se molesta, le gruñe. Se ofende y se va a acostar a su mueble. Es hora de dormir y sigue ofendida. Mamá se acerca a ella y se acuesta a su lado. Con toda dignidad toma su almohada y se va a la otra esquina del mueble. Mamá le da su espacio. Están totalmente separadas, cada quien en su rincón. Ya acostado leo un par de páginas. Volteo a verlas a su mueble. Misteriosamente sus patitas vuelven a cruzarse.