Porque el oro no siempre brilla
Cuenta la leyenda que el Pirata Morgan navegaba con sus secuaces cerca de las costas de Panamá. Algunos pobladores que deambulaban en los alrededores, al ver los navíos, corrieron a dar aviso al resto de la población. Todo el mundo corrió a guardar sus objetos de valor. Sin embargo, el párroco de la Iglesia San José tenía el gran problema de esconder el hermoso altar de oro. No había tiempo para ocultarlo, era demasiado pesado y voluminoso. Así, después de mucho pensar tomó la decisión de pintarlo con arcilla y hacerlo parecer poco cosa. Al llegar Morgan a la iglesia se encontró con el párroco dándole los últimos detalles a lo que le pareció un altar indigno. Fue tal el impacto que sintió el famoso bandido, que optó por regalar algunas monedas de plata al sacerdote para que pintara el altar con pintura de mejor calidad.
La moraleja de la historia es que no siempre brilla el oro. No siempre es evidente lo que es valioso. El capital intangible son recursos valiosos que muchas veces están ocultos bajo una capa invisible. El problema con los intangibles es que su presencia no es tan evidente. En consecuencia, como el pirata Morgan, muchas veces las empresas, y las personas, dejamos ir grandes tesoros.
El mundo ha cambiado radicalmente desde el desembarco de Morgan en Panamá (por allí del 1700). Hemos pasado vertiginosamente de sociedades agrícolas, luego industriales y en los últimos años hemos sido testigos y partícipes de una nueva sociedad que basa su desarrollo en el conocimiento. En esta sociedad, la adquisición y uso de la información y el conocimiento incrementa las oportunidades de crecimiento y desarrollo tanto como el oro hace 300 años.
Los capitales intangibles son aquellos elementos que le proporcionan valor a las personas, organizaciones y sociedades, y que no pueden ser medidos con los términos tradicionales que la economía posee. Tradicionalmente se conoce como capital a todo aquel recurso con el que contamos y que podemos convertir en algo de mayor valor. Por ejemplo, se sabe que el dinero es un capital financiero porque se puede convertir en acceso a los servicio de salud; sin embargo las relaciones personales también son un capital relacional que se puede convertir en oportunidades de negocios y las habilidades y el conocimiento son un capital humano que se puede convertir en un mejor sueldo.
Hoy, más valioso que el oro es la capacidad de detectar en dónde se esconde el oro.

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Gestión de la experiencia: cuando más no es, necesariamente, mejor.
El dinamismo de la realidad actual, en donde la rapidez de respuesta y la capacidad de adaptarse juegan un papel primordial para la supervivencia de los negocios, ha hecho de la experiencia un recurso muy valioso. La experiencia es el conocimiento acumulado a partir de las observaciones participativas, de las vivencias de una persona. Administrar la experiencia implica no sólo reconocer dichas vivencias sino sacar provecho de ese conocimiento acumulado.
Actualmente las empresas están enfocando grandes esfuerzos en gestionar la experiencia ganada a través de los años. Esto les permitirá reducir la curva de aprendizaje, el retrabajo y los desperdicios, aumentando con ello su productividad. Sin embargo, administrar la experiencia no es siempre una tarea fácil.
Identificar cuáles son las experiencias valiosas y quiénes son las personas que las tienen, es el primer paso para poder gestionar la experiencia. Uno de los factores que típicamente determina el grado de experiencia está en función del tiempo de exposición a las vivencias. En otras palabras, los años de experiencia suelen estar directamente relacionados a la experiencia acumulada. Si bien este es un factor muy importante, no es el único. Por ejemplo, la calidad y variedad de experiencias vividas pueden ser más importantes que los años mismos de experiencia.
El proceso de identificación evalúa la entrada del conocimiento, de la experiencia, a la memoria de las empresas. La memoria organizacional de las empresas debe ser selectiva. Cada una de las personas que forman parte de las empresas es un colector de experiencias, sin embargo, no por ello se puede almacenar en la memoria toda la experiencia. La memoria sólo debe contener información que esté en posibilidades de generar valor para la empresa considerando la relación de costo-beneficio. Las empresas que intentan almacenar toda la información de la experiencia de sus trabajadores, muchas veces terminan administrando recursos inútiles. Esta situación sólo hace que la recuperación de la información se haga mucho más lenta y la gestión más costosa.
La experiencia de las personas se ve reflejada en su facilidad para resolver problemas, acceder a la información necesaria para realizar las tareas y generar soluciones innovadoras. Identificar esta experiencia valiosa y transferirla a un mayor número de personas receptoras puede incrementar la productividad de toda la compañía, pero vale la pena recordar que sumar años de experiencia no siempre refleja el valor del conocimiento adquirido. Ya lo cantaron, hace muchos años, los Enanitos Verdes: “sumar tiempo no es [necesariamente] sumar amor”.

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El ingenioso universitario Don Mitote de la Bandancha
El Ingenioso Universitario. Don Mitote de la Bandancha
Acepto que nunca he leído completo al Quijote. Sin embargo siempre que retomo su lectura la disfruto. El personaje del Quijote me encanta. El Quijote tiene tanta energía y está tan loco que me recuerda a mis estudiantes universitarios. Cuando digo loco, lo digo con verdadera admiración. Solemos llamar loco al que se sale del molde, al que dicta sus propias reglas, al que ríe, baila, salta, corre sin aparente sentido. Disfruto su libertad. Solemos llamar loco al que piensa por si mismo (o al menos lo intenta), al que tiene un alma libre. El Quijote era un loco, un loco adorable, como suelen ser mis estudiantes.
Les dejo un pequeño ejercicio, que no pretende ser más que un juego. Pretender hacer una nueva versión del Quijote sería un sacrilegio. Lo único que intento es plasmar, en corto, lo atemporal del Quijote y lo parecido que pueden ser los universitarios a él. Bendita juventud.
Capítulo Primero (y único)
Que trata de la condición y ejercicio del famoso universitario D. Mitote de la Bandancha
En un lugar de la Bandancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un universitario de los ipad en el casillero, personalidad ambigua, con un amigo naco y muy comunicador. Una despensa con algo más cerveza que comida, tacos las más noches, gorditas y jugo los sábados, hamburguesas los viernes, algún cereal de propina los domingos, consumían las tres partes de su depa.
Rondaba la edad de nuestro universitario en los veinte años, era de complexión recia, seco de carnes, delgado de rostro; gran trasnochador y amigo de los deportes. Se dice que tenía el sobrenombre del Mitotes o Mitotin (en esto hay diferencias entre los autores que de ello escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Milton; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber, que este sobredicho universitario, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a revisar todo lo escrito en las redes sociales con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto de la práctica del deporte, y aún la administración de su depa; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchos videojuegos de su colección, para pagar su conexión de banda ancha; y así consultaba tantas redes sociales, todas cuantos pudo haber de ellas.
Mas cuando llegaba a revisar aquellos post y memes, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre universitario el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer en Facebook, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los redes, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con su computadora y su auto a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Habiendo preparado sus armas (su computadora y su celular). Fue luego a ver a su auto, y aunque tenía más golpes que un boxeador, y más rayones que una banca de primaria pública, le pareció que ni Kitt el auto increíble, ni el General Lee de los Dukes de Hazard, con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que auto de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar CAMINANTE, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo. Puesto nombre y tan a su gusto a su auto, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar DON MITOTE. Así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de su reino, y llamarse DON MITOTE DE LA BANDANCHA, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella.
Listas, pues, sus armas, puesto nombre a su auto, y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza bailadora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cuenta de ello. Llamábase Lorenza, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla LUCINEA DE MONTEMORELOS, porque era natural de Montemorelos, nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

Fuente de imagen: semananews.com
Elaborado por Gabriel Valerio
¿Déficit de atención de los alumnos o déficit de atracción de los profesores?
Más de una vez he escuchado a profesores quejándose amargamente que los alumnos no les ponen atención. Quizás hasta yo lo hice alguna vez. Que están enviciados con el celular, que Facebook, Google y Youtube son distintas instancias del mismísimo demonio del aprendizaje. “Antes respetábamos a los profesores, antes sí queríamos estudiar, antes sí pensábamos”, antes, antes, antes. Como dijera el filósofo de Guemes: “Yo soy de antes, pero vivo ahora”. Yo estudié antes, pero sigo en las aulas ahora.
Hace 20 años estaba en la universidad, no tenía celular, ni Facebook, ni Google, ni Youtube. Sin embargo, en la mayoría de mis clases perdía todo interés por lo que decía el profesor. En los primeros minutos me perdía para siempre, quizás no mandaba mensajes por el celular, quizás no veía videos en Youtube, incluso quizás miraba fijamente al profesor, pero igual no ponía atención alguna. Estaba, digamos, como pescado en pescadería: tenía los ojos abiertos, pero no veía nada (ni escuchaba, ni sentía, ni nada).

Fuente de imagen: http://www.wradio-merida.com
El sitio psicodepagogia.com define operacionalmente el déficit de atención como: “la ausencia, carencia o insuficiencia de las actividades de orientación, selección y mantenimiento de la atención, así como la deficiencia del control y de su participación con otros procesos psicológicos, con sus consecuencias específicas.” Para fines prácticos si tienes esta enfermedad… te perdimos.
Personalmente no creo que, en general, los alumnos tengan déficit de atención. Me parece que es más probable que los profesores tenemos déficit de atracción. Carecemos de la capacidad de atraer la atención de nuestros alumnos. En general los estudiantes pueden, sin mayor problema, mantener su atención en las cosas que les interesa. Mi sobrino pone sus cinco sentidos, y su mente, en total atención a su Xbox. Cuando juega no hay fuerza en este mundo que lo desconcentre. Seguramente hay casos clínicos con este padecimiento, pero el resto seguramente son tan normales como lo era yo hace 20 años.
Quizás los profesores deberíamos reflexionar sobre el tema. Sé que habrá profesores que se sientan ofendidos ante mi postura y dirán: “¿por qué he de divertirlos si la escuela no es un antro?, yo no soy ni cómico, ni artista, soy un profesor y vengo a dar clases”. Yo no creo que a los profesores nos paguen por dar clases, por enseñar, yo creo que nos pagan por procurar el aprendizaje de los alumnos. Podemos dar la mejor de las cátedras, reflexiones importantes, retórica excelente, casos excelsos, pero si no captamos la atención del alumno, de muy poco sirve. Gran parte del éxito de una iniciativa de enseñanza-aprendizaje radica en captar la atención de quien va a aprender. Crear la conexión es un ingrediente básico.
Esperar que todos nuestros alumnos lleguen a nuestras clases con el objetivo de aprender es casi utópico, la mayoría de ellos llega con el objetivo de aprobar. Mentiría si dijera que yo siempre tuve la intención de aprender, la mayoría de las veces sólo quería una calificación aprobatoria. La relación profesor – alumno es una relación de amor no correspondida. El profesor ama enseñar (así tendría que ser por definición), pero el alumno no siempre ama aprender. El trabajo del profesor es desarrollar ese amor en el alumno, pero el primer paso para enamorar a alguien es siempre captar su atención. Los sapos croan con fuerza, el pavorreal expone sus bellas plumas, los hombres visten ropa de marca ¿y tú profesor?
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10 paradigmas relativos de las redes sociales y los negocios
- Ni todo el negocio que usa redes sociales sabe lo que hace, ni todo el negocio que sabe lo que hace usa redes sociales.
- Ni todo el negocio que tiene presencia en redes sociales les saca provecho, ni todo el que saca provecho a las redes sociales tiene presencia en ellas.
- Ni todos los empleados que usan redes sociales pierden el tiempo, ni todos los empleados que pierden el tiempo usan redes sociales.
- Ni todo el que utiliza “malas palabras” ofende a sus seguidores, ni todo el que ofende a sus seguidores utiliza “malas palabras”.
- Ni todo el que contesta a todos los mensaje es útil, ni todo el que es útil contesta a todos los mensajes.
- Ni todo el que comparte chistes hace reír a sus seguidores, ni todo el que hace reír a sus seguidores comparte chistes
- Ni todo buen community manager es un experto en redes sociales, ni todo experto en redes sociales es un buen community manager.
- Ni a todo el que te sigue le agradas, ni a todo el que le agradas te sigue.
- Ni todos los negocios que incrementan sus seguidores incrementan sus clientes, ni todos los negocios que incrementan sus clientes incrementan sus seguidores.
- Ni todos dicen lo que saben en las redes sociales, ni todos saben lo que dicen en las redes sociales.

Fuente de imagen: http://equilibriocosmico.blogspot.mx
Elaborado por Gabriel Valerio